DE LAS MALVERSACIONES
¿Quién empezó a malversar las almas?
No lo sé:
me limito a exhibir
mi galería de sospechosos.
Acuso a Le Corbusier
que convierte ciudades en bellas pajareras
con el pretexto de que es preciso vivir mejor.
Delato a los periodistas
que piensan que fuimos hechos
para informarnos de ajenos yerros
y para trocarnos,
de hombres,
en partidarios pálidos bajo rostros mezquinos.
Denuncio muy encarecidamente
a las redactoras de “vida social”
que estimulan una vida de color merengue
y adiposa.
Acuso a Napoleón y al pianista Carmen Cavallaro.
Al uno,
por pretender
(en virtud de muy democráticos ideales)
que el mundo podía agonizar para él.
Al otro,
por insinuar
que sobre un piano latigudo
conviene pronunciar discursos fláccidos
para digerirlos con la cena
entre muy aburridos matrimonios
(más o menos afines
a causa de negocios
y no por amistad).
Y la real música no es gástrica, no lo es:
ruda en Wagner
suavecita en Mendessohn,
naciendo para oídos atentos y maravillados
y no para discretas connivencias,
nos impide malversar el alma:
la bienversa
hace más alma al alma
al darla
en virtud de la ley
de los universos comunicantes.
(De Mozart, callemos,
que para hablar de ángeles
no estamos preparados.
Y permitid que pregunte de nuevo
cómo renunciar a la especie humana
sin abandonar a su música).
CONTINUIDAD
Yo lo que he ido haciendo con mi vida profesional, en verdad, es continuar con lo que hacía mi padre, aunque lógicamente llevando las cosas más a mi manera, que en el fondo no es muy distinta a la suya. Adhiero naturalmente a su visión intelectual del mundo y a sus modos de crear.
A medida que recorro lo hecho por él noto que son muchísimos los puntos y zonas de contacto, de continuidad. Se dedicó a cosas muy diversas, pero todas ellas cruzadas por una misma mirada o unos afanes parecidos, y también he sido yo un poco de todo.
He llevado a cuestas un rasgo suyo que no sé si me gusta tanto y que tiene que ver con evadir una y otra vez el reconocimiento público especialmente el de los poderosos, los detestados, léase el diario El Mercurio, la Universidad Católica, las embajadas, los honores públicos, esas cosas.
Es la renuencia a ser “famoso” en el sentido de quedar esclavizado con un rol, con una etiqueta, etc. No es que no me hubiera gustado, pero para mí los artistas admirables son los que tienen una bonita obra y que al mismo tiempo no detienen su curiosidad intelectual, por ejemplo Durero que hizo dibujo, acuarelas, grabado, pintura, ejercicios para enseñar a dibujar, tratados morfológicos o geométricos… Uno no debe jamás dejar de jugar, de hacer las cosas con liviandad metodológica aunque sea muy seriamente: leemos vigorosamente, sin atarnos a una lectura obligada, nada debe hacerse sin ganas, sin divertimento, y la misión final no tiene por qué estar prevista al comienzo.
Y al mismo tiempo se puede colar en este modo de estar en el arte un poco de debilidad, una falta de sentido guerrero, y he tratado de reaccionar en este sentido, por ejemplo la solvencia económica para mí es fundamental para seguir creando y no al revés.
Uno tiene que ser uno mismo. Mi padre lo fue, pero para la libertad necesitó marginalizarse.
Adicionalmente, tenía él y creo que he tenido yo también una poco de aversión hacia las modas o maneras oficiales del arte, que siempre las hay aunque se crean esos artistas de lo más revolucionarios. Recuerdo que una noche salí a pintar con las Brigadas Ramona Parra y ellos hacían sus estrellas y sus puños, yo insistía en dibujar a Frei (al padre) con una nariz de diez metros, al final no seguimos.












